De: orillero (Mensaje original)
Enviado: 27/05/2004 1:05
Unimos aquí diversos elementos siempre presentes en estas páginas. Una reflexión (originalmente para un 9 de Julio) más que oportuno para este 25 de Mayo de esperanzas inciertas y compromisos demasiado tibios. El mismo cumple la función adicional de recordar con afecto y admiración al Maestro Jauretche en el 30º Aniversario de una muerte prematura (aunque, al fin, piadosa, a la luz de los años que vendrían). Qué enorme hueco ha dejado.
En este artículo de Don Arturo, de yapa, el porqué de nuestro nombre.
Salúd!
SEAN ETERNOS LOS LAURELES
De "Mano a mano entre nosotros"
Hay una estrofa del himno nacional que suele inducir a error a nuestros paisanos. ("Sean eternos los laureles, que supimos conseguir"). El que supimos conseguir es un poco como el "vamos arando" del mosquito en la cabeza del buey.
Parece al mismo tiempo que fuera una invitación a dormirse sobre laureles en cuya adquisición hubiésemos participado los argentinos actuales. Y si no nos incita a dormirnos nos satisface con la idea de conservarlos, con lo que la gloria se convierte en un objeto de museo y el patriotismo en una actitud ritualista de conmemoración a fecha fija.
Creo que la mejor manera de evocar nuestros grandes fastos históricos es recordarnos que la historia es una cadena a la que cada generación debe aportar su eslabón unas veces de oro y otras veces de hierro, según lo manden las circunstancias, de tal manera que al hacernos presentes ante los fundadores de la patria podamos decir en cada oportunidad qué parte de la cadena hemos agregado.
También opera, contra ese concepto de la continuidad histórica del patriotismo activo, la excesiva divinización de los protagonistas del pasado. Ni las batallas se dan en campos de esmeralda ni los soldados visten el uniforme de gala limpito y bien planchado, tal como se los presenta en las conmemoraciones, porque la batalla se da en el barro o en el arenal, y en ese revoltijo de hombres, .bestias y armas todo está sucio por la inclemencia del tiempo y la sangre y el humo de la pólvora. Así también los héroes planchados, desprovistos de las pasiones humanas, ajenos a las intrigas y a los intereses en juego se convierten en personajes ficticios, extraños a esta humanidad a que pertenecemos sus admiradores.
Extraños al mundo de la realidad, nosotros, hijos de este mundo, principiamos por sentirlos inimitables, atribuyéndoles una naturaleza y conducta distintas de las que son posibles en nosotros, lo que nos hace incapaces para ponernos a nivel de sus hazañas.
Entre las numerosas falsificaciones de la historia, que nos han privado de sus enseñanzas verdaderas con el propósito malicioso de impedirnos el aprendizaje de la historia a construir, en la ya vivida, está esta otra mucho más pueril de afirmar la respetabilidad de los próceres y de los acontecimientos con la atribución de una naturaleza seráfica, como es la construcción de un cielo patriótico con nubes celestes y rosadas y ángeles murillescos.
Esta es la versión escolar. Con los congresales de Tucumán inmovilizados en las elegantes actitudes de los cromos, con la reproducción, también coloreada, de la sala donde se reunieron para jurar la Independencia, hace justamente ciento cincuenta años, se suscita en el niño una imagen que perdura en el hombre, de seres inimitables y perfectos, que lleva implícita lo difícil de la emulación. Como si aquellos hom-bres hubieran nacido y hubieran vivído para sólo la actitud de la estatua o del cromo.
La preocupación por la reverencia a que se hicieron acreedores hace olvidar que si ellos nos pidieran cuentas de cómo cumplimos nuestro deber de argentinos, herederos y continuadores suyos nos reclamarían en lugar de una reverencia de santuario una conducta vital paralela a la suya. Descenderían del nivel al que los hemos colocado como imágenes para proponerse como ejemplos humanos, y entonces veríamos que estaban hechos de la misma madera que nosotros, y que nuestra inhabilidad para ser como ellos está en no poner al servicio del país la voluntad que ellos pusieron y una pasión constructiva tan altas que supliera las deficiencias humanas y los medios que ellos también padecieron. Porque ellos tenían también contrastes de pensamiento, rivalidades de partidos, enconos, simpatías, odios, amistades, envidias, y generosidades de hombres, pero que los hombres pueden superar cuando una finalidad común los ilumina y los conduce.
HOMBRES Y HEROES; LA MEDIDA
Pienso en el Congreso de Tucumán, en los conflictos que lo precedieron, en los peligros inminentes que acechaban a la revolución en cuyo vientre estaban parteando la Nación, cuyo cordón umbilical iban a cortar. Lo están cortando ya, y no están de acuerdo entre ellos en cómo será la patria, cuáles sus instituciones, sus formas políticas, su contenido económico y social, la pertenencia de una parte sobre el todo o la equivalencia de las partes. Tampoco se aman entre sí como compañeros inseparables, y pronto el destino los dividirá en bandos. El país se ensangrentará por sus conflictos, pero han encontrado un punto de encuentro en ese corte que practican y que será la Declaración de la Independencia.
Son hombres que han llegado de todos los extremos de la República, a caballo, en carretas, en diligencias, por ásperos caminos, sorteando emboscadas. Concurren desde el extremo norte del Alto Perú y desde Buenos Aires; desde las riberas del Paraná o Cuyo. Están hospedados en míseros alojamientos unos y en señoriales residencias otros, y reunidos en una sala cualquiera que solo después de ellos adquirirá la jerarquía de la historia. Muchos de ellos padecen reuma, enfermedades de pecho; sienten reabrirse viejas heridas y tienen íntimos problemas monetarios, conflictos familiares y desazones individuales, lo mismo que nosotros. Pero hay un propósito común y lo cumplen. Están unidos en un programa mínimo pero que en esa hora y en ese momento vale por todos los programas. Y Io cumplen.
De esto hace ciento cincuenta años.
Creo que la medida de la grandeza de aquellos hombres y del acontecimiento se agiganta reduciendo los actores a su condición de hombres, haciendo circular la vida por el cromo y hasta exponiéndolos al deterioro de la crítica al desmenuzarse sus personalidades.
Bien están los homenajes a nuestros próceres. Y éste del sesquicentenario del Congreso de Tucumán. Se me ocurre que sería uno muy grande orientar desde hoy la enseñanza escolar de la historia sacando el acontecimiento del cromo para trasladarlo a una versión dinámica de la misma que enfrente las nuevas generaciones a la responsabilidad de completar la Independencia como programa mínimo de unión. Tal vez cuando los niños de las nuevas generaciones hayan aprendido que la pasta de los héroes no es de papel matché, sino de la sangre y de la carne de que ellos están hechos, integrada por el espíritu que aquéllos tuvieron, podamos completar para nuestro tiempo lo que aquéllos nos dieron como labor empezada y no concluida. Pues ellos concluyeron, visto para atrás, pero empezaron para adelante. Y procedieron en circunstancias mucho más adversas que las que nos tocan y con la certidumbre de que estaban fundando una gran nación, convicción que es punto de partida imprescindible para empresa de tanta magnitud.
Y que también nos faltará mientras no nos sintamos iluminados por idéntica fe a la suya y recordando que ellos se veían hombres y no próceres.
El Mundo - Sábado 9 de julio de 1966.
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