De: orillero (Mensaje original)
Enviado: 27/05/2004 1:05
Unimos aquí diversos elementos siempre presentes en estas páginas. Una reflexión (originalmente para un 9 de Julio) más que oportuno para este 25 de Mayo de esperanzas inciertas y compromisos demasiado tibios. El mismo cumple la función adicional de recordar con afecto y admiración al Maestro Jauretche en el 30º Aniversario de una muerte prematura (aunque, al fin, piadosa, a la luz de los años que vendrían). Qué enorme hueco ha dejado.
En este artículo de Don Arturo, de yapa, el porqué de nuestro nombre.
Salúd!
SEAN ETERNOS LOS LAURELES
De "Mano a mano entre nosotros"
Hay una estrofa del himno nacional que suele inducir a error a nuestros paisanos. ("Sean eternos los laureles, que supimos conseguir"). El que supimos conseguir es un poco como el "vamos arando" del mosquito en la cabeza del buey.
Parece al mismo tiempo que fuera una invitación a dormirse sobre laureles en cuya adquisición hubiésemos participado los argentinos actuales. Y si no nos incita a dormirnos nos satisface con la idea de conservarlos, con lo que la gloria se convierte en un objeto de museo y el patriotismo en una actitud ritualista de conmemoración a fecha fija.
Creo que la mejor manera de evocar nuestros grandes fastos históricos es recordarnos que la historia es una cadena a la que cada generación debe aportar su eslabón unas veces de oro y otras veces de hierro, según lo manden las circunstancias, de tal manera que al hacernos presentes ante los fundadores de la patria podamos decir en cada oportunidad qué parte de la cadena hemos agregado.
También opera, contra ese concepto de la continuidad histórica del patriotismo activo, la excesiva divinización de los protagonistas del pasado. Ni las batallas se dan en campos de esmeralda ni los soldados visten el uniforme de gala limpito y bien planchado, tal como se los presenta en las conmemoraciones, porque la batalla se da en el barro o en el arenal, y en ese revoltijo de hombres, .bestias y armas todo está sucio por la inclemencia del tiempo y la sangre y el humo de la pólvora. Así también los héroes planchados, desprovistos de las pasiones humanas, ajenos a las intrigas y a los intereses en juego se convierten en personajes ficticios, extraños a esta humanidad a que pertenecemos sus admiradores.
Extraños al mundo de la realidad, nosotros, hijos de este mundo, principiamos por sentirlos inimitables, atribuyéndoles una naturaleza y conducta distintas de las que son posibles en nosotros, lo que nos hace incapaces para ponernos a nivel de sus hazañas.
Entre las numerosas falsificaciones de la historia, que nos han privado de sus enseñanzas verdaderas con el propósito malicioso de impedirnos el aprendizaje de la historia a construir, en la ya vivida, está esta otra mucho más pueril de afirmar la respetabilidad de los próceres y de los acontecimientos con la atribución de una naturaleza seráfica, como es la construcción de un cielo patriótico con nubes celestes y rosadas y ángeles murillescos.
Esta es la versión escolar. Con los congresales de Tucumán inmovilizados en las elegantes actitudes de los cromos, con la reproducción, también coloreada, de la sala donde se reunieron para jurar la Independencia, hace justamente ciento cincuenta años, se suscita en el niño una imagen que perdura en el hombre, de seres inimitables y perfectos, que lleva implícita lo difícil de la emulación. Como si aquellos hom-bres hubieran nacido y hubieran vivído para sólo la actitud de la estatua o del cromo.
La preocupación por la reverencia a que se hicieron acreedores hace olvidar que si ellos nos pidieran cuentas de cómo cumplimos nuestro deber de argentinos, herederos y continuadores suyos nos reclamarían en lugar de una reverencia de santuario una conducta vital paralela a la suya. Descenderían del nivel al que los hemos colocado como imágenes para proponerse como ejemplos humanos, y entonces veríamos que estaban hechos de la misma madera que nosotros, y que nuestra inhabilidad para ser como ellos está en no poner al servicio del país la voluntad que ellos pusieron y una pasión constructiva tan altas que supliera las deficiencias humanas y los medios que ellos también padecieron. Porque ellos tenían también contrastes de pensamiento, rivalidades de partidos, enconos, simpatías, odios, amistades, envidias, y generosidades de hombres, pero que los hombres pueden superar cuando una finalidad común los ilumina y los conduce.
HOMBRES Y HEROES; LA MEDIDA
Pienso en el Congreso de Tucumán, en los conflictos que lo precedieron, en los peligros inminentes que acechaban a la revolución en cuyo vientre estaban parteando la Nación, cuyo cordón umbilical iban a cortar. Lo están cortando ya, y no están de acuerdo entre ellos en cómo será la patria, cuáles sus instituciones, sus formas políticas, su contenido económico y social, la pertenencia de una parte sobre el todo o la equivalencia de las partes. Tampoco se aman entre sí como compañeros inseparables, y pronto el destino los dividirá en bandos. El país se ensangrentará por sus conflictos, pero han encontrado un punto de encuentro en ese corte que practican y que será la Declaración de la Independencia.
Son hombres que han llegado de todos los extremos de la República, a caballo, en carretas, en diligencias, por ásperos caminos, sorteando emboscadas. Concurren desde el extremo norte del Alto Perú y desde Buenos Aires; desde las riberas del Paraná o Cuyo. Están hospedados en míseros alojamientos unos y en señoriales residencias otros, y reunidos en una sala cualquiera que solo después de ellos adquirirá la jerarquía de la historia. Muchos de ellos padecen reuma, enfermedades de pecho; sienten reabrirse viejas heridas y tienen íntimos problemas monetarios, conflictos familiares y desazones individuales, lo mismo que nosotros. Pero hay un propósito común y lo cumplen. Están unidos en un programa mínimo pero que en esa hora y en ese momento vale por todos los programas. Y Io cumplen.
De esto hace ciento cincuenta años.
Creo que la medida de la grandeza de aquellos hombres y del acontecimiento se agiganta reduciendo los actores a su condición de hombres, haciendo circular la vida por el cromo y hasta exponiéndolos al deterioro de la crítica al desmenuzarse sus personalidades.
Bien están los homenajes a nuestros próceres. Y éste del sesquicentenario del Congreso de Tucumán. Se me ocurre que sería uno muy grande orientar desde hoy la enseñanza escolar de la historia sacando el acontecimiento del cromo para trasladarlo a una versión dinámica de la misma que enfrente las nuevas generaciones a la responsabilidad de completar la Independencia como programa mínimo de unión. Tal vez cuando los niños de las nuevas generaciones hayan aprendido que la pasta de los héroes no es de papel matché, sino de la sangre y de la carne de que ellos están hechos, integrada por el espíritu que aquéllos tuvieron, podamos completar para nuestro tiempo lo que aquéllos nos dieron como labor empezada y no concluida. Pues ellos concluyeron, visto para atrás, pero empezaron para adelante. Y procedieron en circunstancias mucho más adversas que las que nos tocan y con la certidumbre de que estaban fundando una gran nación, convicción que es punto de partida imprescindible para empresa de tanta magnitud.
Y que también nos faltará mientras no nos sintamos iluminados por idéntica fe a la suya y recordando que ellos se veían hombres y no próceres.
El Mundo - Sábado 9 de julio de 1966.
domingo, diciembre 04, 2005
24/3/05 II
Publicado el 24/3/05 ... antes de los 30 años
Llegó el día con su recordación de muerte…
Esperan de Juan Gelman
Hemos dejado pasar un tiempito… había mucho pasando afuera… y sigue pasando –enhorabuena.
Gracias Miranda por darle palabras a nuestro duelo silencioso.
Pasado éste, tal vez sea momento de darnos el lugar para celebrar algunas cosas, bien que con los claroscuros, frecuentes notas al pie y digresiones que inevitablemente nos acompañan, como nuestras contradicciones.
Debieron pasar mas de veinte años de democracia para que un 24 de marzo se recordara con la importancia institucional que esperábamos. Pero, contrariando el tango, 20 años es mucho (no diré demasiado, porque pasaron y no tiene remedio, y seguimos aquí, intentándolo con lo que tenemos).
Nos seguimos dando estos dudosos lujos de postergar, de dar vueltas, de “hacer como que”… y hoy, recién, estamos haciendo un duelo demasiado largamente postergado, y aún hoy, tenemos que oír los mismos argumentos miserables de “dos demonios”, de caos y orden, de vergonzosos recuentos de muertos, como si ayer nomás se hubiera derrumbado bajo su inoperancia y vergüenza la más sangrienta y venal dictadura de la historia nacional (un superlativo difícil de superar).
Un duelo necesario, pero no suficiente. Un duelo que tiene que superar la expresión de dolor para dar lugar a la comprensión imparcial de nuestro pasado, la asunción de responsabilidades individual y colectivamente, y –por fin- la dirección de las energías del país a la construcción de una Nación.
Porque todavía la República Argentina se retuerce en las cadenas culturales y económicas del coloniaje.Porque nuestros pobres, enfermos y desamparados nunca fueron tantos. Porque la miseria de hoy no se materializó durante una dictadura atroz (como hubieran querido los patrones de Martínez de Hoz), sino 10 años después, en democracia, y con un partido “nacional y popular”.Los peronistas también tenemos algunas cuentas que saldar con la historia previa a la dictadura, en particular con nuestra incapacidad para dar un cauce institucional a la legítima resistencia de los 18 años posteriores al golpe gorila del ’55, respetando y fortaleciendo la incipiente democracia y acompañando al pueblo en su epopeya de liberación.Quedarnos hoy en el dolor de la represión, sin profundizar en sus causas, sin recordar que los militares fueron sólo el brazo armado de la oligarquía, que la represión tuvo un objetivo mucho más amplio que las organizaciones armadas, que los medios de comunicación le dieron su voz y la Iglesia oficial bendijo sus armas, y los banqueros y empresarios festejaron y siguieron haciendo negocios, y por terror, ignorancia o indiferencia muchos miraron para el otro lado y se tragaron sin digerir la “historia oficial”.
Muchos de los primeros hoy hablan de la “mitad” de la memoria y de la necesidad de una “reconciliación” basada en la amnesia y en la mentira. Como observa con bastante agudeza (aunque creo que por momentos con excesiva dureza) Eduardo Aliverti ( Pagina12 del 22 de marzo 2005) las causas profundas de la dictadura persisten.
Y, habría que agregar, que los efectos del terror, de la destrucción de lazos de solidaridad social, la muerte y el exilio de una generación (que con errores y aciertos) se jugó su destino detrás de una utopía, es también una de las causas del vaciamiento de los noventa.
Nuestro duelo de hoy es doble, porque llega tarde, llega rengo y con la cancha más embarrada. Pero llegó, y es un principio.
Llegó el día con su recordación de muerte…
Esperan de Juan Gelman
Hemos dejado pasar un tiempito… había mucho pasando afuera… y sigue pasando –enhorabuena.
Gracias Miranda por darle palabras a nuestro duelo silencioso.
Pasado éste, tal vez sea momento de darnos el lugar para celebrar algunas cosas, bien que con los claroscuros, frecuentes notas al pie y digresiones que inevitablemente nos acompañan, como nuestras contradicciones.
Debieron pasar mas de veinte años de democracia para que un 24 de marzo se recordara con la importancia institucional que esperábamos. Pero, contrariando el tango, 20 años es mucho (no diré demasiado, porque pasaron y no tiene remedio, y seguimos aquí, intentándolo con lo que tenemos).
Nos seguimos dando estos dudosos lujos de postergar, de dar vueltas, de “hacer como que”… y hoy, recién, estamos haciendo un duelo demasiado largamente postergado, y aún hoy, tenemos que oír los mismos argumentos miserables de “dos demonios”, de caos y orden, de vergonzosos recuentos de muertos, como si ayer nomás se hubiera derrumbado bajo su inoperancia y vergüenza la más sangrienta y venal dictadura de la historia nacional (un superlativo difícil de superar).
Un duelo necesario, pero no suficiente. Un duelo que tiene que superar la expresión de dolor para dar lugar a la comprensión imparcial de nuestro pasado, la asunción de responsabilidades individual y colectivamente, y –por fin- la dirección de las energías del país a la construcción de una Nación.
Porque todavía la República Argentina se retuerce en las cadenas culturales y económicas del coloniaje.Porque nuestros pobres, enfermos y desamparados nunca fueron tantos. Porque la miseria de hoy no se materializó durante una dictadura atroz (como hubieran querido los patrones de Martínez de Hoz), sino 10 años después, en democracia, y con un partido “nacional y popular”.Los peronistas también tenemos algunas cuentas que saldar con la historia previa a la dictadura, en particular con nuestra incapacidad para dar un cauce institucional a la legítima resistencia de los 18 años posteriores al golpe gorila del ’55, respetando y fortaleciendo la incipiente democracia y acompañando al pueblo en su epopeya de liberación.Quedarnos hoy en el dolor de la represión, sin profundizar en sus causas, sin recordar que los militares fueron sólo el brazo armado de la oligarquía, que la represión tuvo un objetivo mucho más amplio que las organizaciones armadas, que los medios de comunicación le dieron su voz y la Iglesia oficial bendijo sus armas, y los banqueros y empresarios festejaron y siguieron haciendo negocios, y por terror, ignorancia o indiferencia muchos miraron para el otro lado y se tragaron sin digerir la “historia oficial”.
Muchos de los primeros hoy hablan de la “mitad” de la memoria y de la necesidad de una “reconciliación” basada en la amnesia y en la mentira. Como observa con bastante agudeza (aunque creo que por momentos con excesiva dureza) Eduardo Aliverti ( Pagina12 del 22 de marzo 2005) las causas profundas de la dictadura persisten.
Y, habría que agregar, que los efectos del terror, de la destrucción de lazos de solidaridad social, la muerte y el exilio de una generación (que con errores y aciertos) se jugó su destino detrás de una utopía, es también una de las causas del vaciamiento de los noventa.
Nuestro duelo de hoy es doble, porque llega tarde, llega rengo y con la cancha más embarrada. Pero llegó, y es un principio.
24/3/05 I
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma ... Yo no sé!
Son pocos; pero son ... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre ... Pobre ... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
(Los Heraldos Negros - César Vallejo)
Besé la mano del guardián
y lo ayudé a bruñir cerrojos
con esa antigua habilidad que tengo
para borrar innecesariamente
toda huella de bien habida corrupción.
permití las tinieblas,
rigores me tranquilizaron.
Saludé agradecida
al aumentado déspota
y agité flores y banderas
en honor de su rango
de sembrador de oprobios para prójimos
pero no -quizás- para mí.
Odié a las otras víctimas
en lugar de hermanarme
y no quise saber qué sucedía
en el vecino calabozo
o tras los diarios, más allá del mar.
Por eso me dejé vendar los ojos,
sencilla y obediente.
¡Es tan dulce la vida sin saber!
Acepté el castigo
con hipocresía de estampa
por si lo merecía mi inocencia
y fui capaz de denunciar
no al amo sino a la insensata esclava
que desdeñaba protección y ley.
Por pereza me dejé coronar
de puños o serpientes
y admiré sin fisuras
a ujieres y embalsamadores,
el fascinante escaparate de los serios.
No supe compartir el sufrimiento
y orgullosa de su exclusividad
inventé argucias contra la rebelión
y jamás en sus aguas dudosas me metí.
Fui custodia del Fuego
-a mucha honra- para pequeños meritorios
y santones cubiertos de moscas.
Juro que nunca vertí con veneno en su sopa
y en mis tiempos de bruja les alivié las llagas,
favor que me pagaron con incendios
pero yo perdoné
porque ¡es humano quemar!
La razón del verdugo
justifiqué callando y otorgando
y preferí durar decapitada
que trascender a mi albedrío
porque la libertad, ya sabéis, amenaza
con alimañas de perdición
como abismo a los pies de un paralítico.
Dormí con la conciencia
engrillada pero limpia
¿Qué culpa tiene una sombra?
Quise investirme de prestigio ajeno
y el sometimiento era vínculo,
me contagiaba un solemne resplandor.
Por eso permanezco
fiel a iniquidades y censores.
Al fin y al cabo me porté bien,
supe negociar
mi pálida y frágil sobrevivencia.
COMPLICIDAD DE LA VÍCTIMA
María Elena Walsh
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma ... Yo no sé!
Son pocos; pero son ... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre ... Pobre ... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
(Los Heraldos Negros - César Vallejo)
Besé la mano del guardián
y lo ayudé a bruñir cerrojos
con esa antigua habilidad que tengo
para borrar innecesariamente
toda huella de bien habida corrupción.
permití las tinieblas,
rigores me tranquilizaron.
Saludé agradecida
al aumentado déspota
y agité flores y banderas
en honor de su rango
de sembrador de oprobios para prójimos
pero no -quizás- para mí.
Odié a las otras víctimas
en lugar de hermanarme
y no quise saber qué sucedía
en el vecino calabozo
o tras los diarios, más allá del mar.
Por eso me dejé vendar los ojos,
sencilla y obediente.
¡Es tan dulce la vida sin saber!
Acepté el castigo
con hipocresía de estampa
por si lo merecía mi inocencia
y fui capaz de denunciar
no al amo sino a la insensata esclava
que desdeñaba protección y ley.
Por pereza me dejé coronar
de puños o serpientes
y admiré sin fisuras
a ujieres y embalsamadores,
el fascinante escaparate de los serios.
No supe compartir el sufrimiento
y orgullosa de su exclusividad
inventé argucias contra la rebelión
y jamás en sus aguas dudosas me metí.
Fui custodia del Fuego
-a mucha honra- para pequeños meritorios
y santones cubiertos de moscas.
Juro que nunca vertí con veneno en su sopa
y en mis tiempos de bruja les alivié las llagas,
favor que me pagaron con incendios
pero yo perdoné
porque ¡es humano quemar!
La razón del verdugo
justifiqué callando y otorgando
y preferí durar decapitada
que trascender a mi albedrío
porque la libertad, ya sabéis, amenaza
con alimañas de perdición
como abismo a los pies de un paralítico.
Dormí con la conciencia
engrillada pero limpia
¿Qué culpa tiene una sombra?
Quise investirme de prestigio ajeno
y el sometimiento era vínculo,
me contagiaba un solemne resplandor.
Por eso permanezco
fiel a iniquidades y censores.
Al fin y al cabo me porté bien,
supe negociar
mi pálida y frágil sobrevivencia.
COMPLICIDAD DE LA VÍCTIMA
María Elena Walsh
Pensamiento Nacional Hoy
El Pensamiento Nacional en el Siglo 21
Tal vez el desafío más grande para el pensamiento nacional sea desarrollarse en un mundo en el que se han sucedido cambios tan profundos, en muchos casos, irreversibles.
Más allá de determinar en qué consiste realmente el proceso de progresiva integración mundial que se encubre bajo el término globalización, lo cierto es que la relativización de las fronteras, la redefinición del rol del estado, la emergencia de entidades sub-nacionales y supra-nacionales, la constitución de bloques regionales, el aumento notable de legislación internacional, las negociaciones económicas multilaterales y las exigencias planteadas por la inserción en el mercado mundial o las condiciones del endeudamiento externo constituyen un contexto muy diferente del que predominaba en la década del setenta.
Hacia adentro, es necesario señalar cambios culturales profundos en lo político, en lo social, en lo laboral y tecnológico. El predominio del sistema de mercado, el desmantelamiento del Estado (que entra en una nueva etapa que apunta a su liquidación definitiva), las transformaciones en los modos de producción mediante el surgimiento de la sociedad de conocimiento, niveles de desocupación inéditos, la destrucción –en los hechos- de las garantías laborales, la crisis terminal de prácticamente todas las instituciones (partidos políticos, sindicatos, sistema de salud y previsión social), la destrucción de los lazos comunitarios y de solidaridad social, incluso el desarrollo de formas culturales novedosas (como lo que genéricamente podría englobarse en “la bailanta”), el aparente desinterés o resignación de la juventud en tanto factor de movilización para el cambio, el ocaso de la cultura militar, la penetración de productos culturales fundamentalmente norteamericanos, las nuevas formas de comunicación (por ejemplo el internet) son solo ejemplos de tantas otras cuestiones que será necesario agregar y evaluar en sus justas dimensiones.
Creo que es válido contrastar las premisas del pensamiento nacional a la luz de estas nuevas realidades y preguntarnos cuáles mantienen su validez, cuáles ya no alcanzan a marcar un rumbo viable para los mismos grandes objetivos de independencia económica, soberanía política y justicia social que permitirán el crecimiento y desarrollo del sueño inconcluso de formar una Nación libre en todas los posibles sentidos del término, y realizar, también, el valioso aporte que la misma puede brindar a la humanidad en su conjunto.
Como base del trabajo tenemos el ejemplo de los precursores, su sentido de lo práctico, de lo concreto, de ubicarse en el aquí y en el ahora para pensarnos, identificando el interés nacional, desenmascarando las políticas sirvientes del extranjero y de sus aliados locales. Contamos con la inspiración de su voluntad de trabajo, de investigación, de elaboración a partir de algunas premisas mínimas, sin atarse a las ideologías, a los marcos teóricos de disciplinas científicas (cientificistas) que ignoran la propia realidad. Nos han dejado como legado su vocación pedagógica, su deseo de despertar al país de la ilusión, su lucha por hacer oír la voz nacional en medio de la censura, la veda y la ignorancia.
No menos importante resulta la actitud insolente de oponerse al “conocimiento establecido”, a los “sabios”, “expertos” y académicos, jugando contra el prestigio y el reconocimiento de aquellos las verdades que paciente y esforzadamente debieron elaborar por sí mismos.
También es bueno recordar que, durante mucho tiempo, su tarea fue solitaria, sin reconocimiento, sin signos visibles de obtener algún éxito.
Fue su fe en sus percepciones, en sus ideas, elaboradas a partir del esfuerzo de desaprender todo lo aprendido y, finalmente, su fe en el pueblo, en la capacidad de éste de ver su destino y realizarlo lo que sostuvo un esfuerzo que sólo puede calificarse de heroico.
Esa fe en el pueblo, de la que nuestras dirigencias tradicionales carecen, cuando no la niegan, es el elemento fundante de la fe en el proyecto nacional. Porque no hay Nación sin Pueblo y no hay proyecto nacional que no sea a la vez popular.
(Por eso no pertenecen al proyecto nacional los grupejos nacionalista de “elite”, cuyo concepto de Nación niega al pueblo y se construye alrededor de sus propios privilegios económicos y/o políticos, de su miopía ideológica y de la adoración incondicional de ciertos símbolos de una “tradición” cuya raíz popular desconocen).
Con esa fe, y con lo que podamos agregarle de esfuerzo y amor a lo nuestro, tal vez podremos sumar el eslabón correspondiente a nuestra generación, en el camino de la liberación Con ella, podremos caminar junto al pueblo argentino cuando inicie la recuperación de su lugar en la historia.
No es pequeño este legado, es de un valor incalculable y, sobre todo, es auténticamente nuestro.
Es hora de levantar esa bandera, y llevarla hacia adelante. ¿Seremos capaces de hacerlo?
Tal vez el desafío más grande para el pensamiento nacional sea desarrollarse en un mundo en el que se han sucedido cambios tan profundos, en muchos casos, irreversibles.
Más allá de determinar en qué consiste realmente el proceso de progresiva integración mundial que se encubre bajo el término globalización, lo cierto es que la relativización de las fronteras, la redefinición del rol del estado, la emergencia de entidades sub-nacionales y supra-nacionales, la constitución de bloques regionales, el aumento notable de legislación internacional, las negociaciones económicas multilaterales y las exigencias planteadas por la inserción en el mercado mundial o las condiciones del endeudamiento externo constituyen un contexto muy diferente del que predominaba en la década del setenta.
Hacia adentro, es necesario señalar cambios culturales profundos en lo político, en lo social, en lo laboral y tecnológico. El predominio del sistema de mercado, el desmantelamiento del Estado (que entra en una nueva etapa que apunta a su liquidación definitiva), las transformaciones en los modos de producción mediante el surgimiento de la sociedad de conocimiento, niveles de desocupación inéditos, la destrucción –en los hechos- de las garantías laborales, la crisis terminal de prácticamente todas las instituciones (partidos políticos, sindicatos, sistema de salud y previsión social), la destrucción de los lazos comunitarios y de solidaridad social, incluso el desarrollo de formas culturales novedosas (como lo que genéricamente podría englobarse en “la bailanta”), el aparente desinterés o resignación de la juventud en tanto factor de movilización para el cambio, el ocaso de la cultura militar, la penetración de productos culturales fundamentalmente norteamericanos, las nuevas formas de comunicación (por ejemplo el internet) son solo ejemplos de tantas otras cuestiones que será necesario agregar y evaluar en sus justas dimensiones.
Creo que es válido contrastar las premisas del pensamiento nacional a la luz de estas nuevas realidades y preguntarnos cuáles mantienen su validez, cuáles ya no alcanzan a marcar un rumbo viable para los mismos grandes objetivos de independencia económica, soberanía política y justicia social que permitirán el crecimiento y desarrollo del sueño inconcluso de formar una Nación libre en todas los posibles sentidos del término, y realizar, también, el valioso aporte que la misma puede brindar a la humanidad en su conjunto.
Como base del trabajo tenemos el ejemplo de los precursores, su sentido de lo práctico, de lo concreto, de ubicarse en el aquí y en el ahora para pensarnos, identificando el interés nacional, desenmascarando las políticas sirvientes del extranjero y de sus aliados locales. Contamos con la inspiración de su voluntad de trabajo, de investigación, de elaboración a partir de algunas premisas mínimas, sin atarse a las ideologías, a los marcos teóricos de disciplinas científicas (cientificistas) que ignoran la propia realidad. Nos han dejado como legado su vocación pedagógica, su deseo de despertar al país de la ilusión, su lucha por hacer oír la voz nacional en medio de la censura, la veda y la ignorancia.
No menos importante resulta la actitud insolente de oponerse al “conocimiento establecido”, a los “sabios”, “expertos” y académicos, jugando contra el prestigio y el reconocimiento de aquellos las verdades que paciente y esforzadamente debieron elaborar por sí mismos.
También es bueno recordar que, durante mucho tiempo, su tarea fue solitaria, sin reconocimiento, sin signos visibles de obtener algún éxito.
Fue su fe en sus percepciones, en sus ideas, elaboradas a partir del esfuerzo de desaprender todo lo aprendido y, finalmente, su fe en el pueblo, en la capacidad de éste de ver su destino y realizarlo lo que sostuvo un esfuerzo que sólo puede calificarse de heroico.
Esa fe en el pueblo, de la que nuestras dirigencias tradicionales carecen, cuando no la niegan, es el elemento fundante de la fe en el proyecto nacional. Porque no hay Nación sin Pueblo y no hay proyecto nacional que no sea a la vez popular.
(Por eso no pertenecen al proyecto nacional los grupejos nacionalista de “elite”, cuyo concepto de Nación niega al pueblo y se construye alrededor de sus propios privilegios económicos y/o políticos, de su miopía ideológica y de la adoración incondicional de ciertos símbolos de una “tradición” cuya raíz popular desconocen).
Con esa fe, y con lo que podamos agregarle de esfuerzo y amor a lo nuestro, tal vez podremos sumar el eslabón correspondiente a nuestra generación, en el camino de la liberación Con ella, podremos caminar junto al pueblo argentino cuando inicie la recuperación de su lugar en la historia.
No es pequeño este legado, es de un valor incalculable y, sobre todo, es auténticamente nuestro.
Es hora de levantar esa bandera, y llevarla hacia adelante. ¿Seremos capaces de hacerlo?
El Eslabon - Introducción II
"La historia es una cadena a la que cada generacón debe aportar su eslabón..."
Arturo Jauretche
PRÓLOGO A UN CAMBIO NECESARIO…
Con argentino temor a que lo transitorio devenga permanente y el alambre sea la solución “definitiva”, el parche eterno, vaya un pequeño prólogo a un cambio necesario de mensaje de apertura (ya bastante demorado).
En Agosto-Octubre de 2000 esta página apenas se planteaba como modesto refugio para el pensamiento, fuera del vértigo de la desesperación, de la espiral descendente en que culmnó el siglo del Cambalache, que cumpliendo viejos presagios, nos halló dominados por la desunión y al borde de lo que parecía una disolución irremediable.
Como no nos daba para torre de marfil, ni nos interesaba -para qué negarlo-, nos contentamos con un modesto caño (quizás abandonado por Hijitus, en busca de horizontes menos finiseculares) en el cual comenzar a soñar (sí, nos permitimos ese atrevimiento tan demodé) con la posibilidad de la reconstrucción del proyecto nacional (al menos, y mientras la "realidad", esa de afuera, resultara tan alejada de toda posibilidad de imaginar un proyecto colectivo, cualquiera fuese).
Así, apelando al siempre solitario y sobrecargado pulmón, comenzamos por asumir que no había nada, que estábamos en el vacío, que esa sensación de desesperanza que al tiempo ya fue abrumadora (ahí, cuando más nos unió el espanto) podría, debía, engendrar algo nuevo…
Apelamos al maestro Jauretche para tratar de convencernos, insistimos en reavivar la fé, en el momento en que es más necesaria, cuando todo parece perdido, y dijimos, con Don Arturo:
"Antes del tornado se produce el vacío. Así pasa con las revoluciones; es en el momento de máximo descreimiento que se dan las condiciones para el nacimiento de una nueva fe. Así era en 1944, 45, 46. Así puede ser hoy"
Y decidimos no esperar sentados, nos propusimos intentar hacer lo que pudiéramos desde la carencia de alternativas consistentes de construcción; tal vez pensar, quizás simplemente no dejar pasar la oportunidad de decir que, a pesar de todo, aún teníamos un futuro, aún había mucho en que creer, y mucho que aprender de las amargas experiencias de los últimos treinta años.
Así, transitamos esos largos meses de caída libre, el interregno azaroso y claroscuro de Duhalde (a quien por poca simpatía que le pudiéramos tener, hay que reconocerle una prudencia y una capacidad que probaron ser fundamentales, y que de mantenerse, le ameritarán un lugar en la historia bastante más grato que el de su histórico oponente).
Y entonces, contra todo lo predecible, aún siendo más que optimistas (basta recordar la escabrosa posibilidad de “Lole Presidente”, para no hablar de más soluciones mediterráneas) apareció el fenómeno K, y de la sorpresa inicial, y el escepticismo inevitable (somos argentinos después de todo), el interés comenzó lentamente a crecer.
Hoy, a la luz de lo sucedido en el último año, creemos legítimo considerar que en el aún vaporoso proyecto político que se aglutina en derredor de Kirchner, puede haber un lugar “en serio” para pensar, aún más, para articular, tal vez para comenzar a construir un proyecto de país viable. No es más que eso todavía... ni menos. En todo caso, es una esperanza con alguna conexión con la realidad (se aclara, para no confundirla con recientes "manotones de ahogado" publicitados como “esperanzas”).
Por ahora parece más que suficiente para un cambio de “Mensaje de Bienvenida”.
El anterior lo mantenemos a mano, por las dudas, en “Los Comienzos”. Siempre es bueno recordar de dónde venimos (quizás ayude a recordar hacia adónde se va, o pretendía ir). Y como esto es, al fin, un mero prólogo ( y carecemos -lamentablemente- de talento Macedoniano), dejaremos asentado al efecto que no seguiremos buscando esperanzas en hechos futuros y lejanos, que tomamos ésta, incipiente, temblorosa, incierta, incompleta, y la enarbolamos, le exigimos, le demandamos, la puteamos si es necesario, pero de este lado de la calle, como compañeros.
Así sea.
Arturo Jauretche
PRÓLOGO A UN CAMBIO NECESARIO…
Con argentino temor a que lo transitorio devenga permanente y el alambre sea la solución “definitiva”, el parche eterno, vaya un pequeño prólogo a un cambio necesario de mensaje de apertura (ya bastante demorado).
En Agosto-Octubre de 2000 esta página apenas se planteaba como modesto refugio para el pensamiento, fuera del vértigo de la desesperación, de la espiral descendente en que culmnó el siglo del Cambalache, que cumpliendo viejos presagios, nos halló dominados por la desunión y al borde de lo que parecía una disolución irremediable.
Como no nos daba para torre de marfil, ni nos interesaba -para qué negarlo-, nos contentamos con un modesto caño (quizás abandonado por Hijitus, en busca de horizontes menos finiseculares) en el cual comenzar a soñar (sí, nos permitimos ese atrevimiento tan demodé) con la posibilidad de la reconstrucción del proyecto nacional (al menos, y mientras la "realidad", esa de afuera, resultara tan alejada de toda posibilidad de imaginar un proyecto colectivo, cualquiera fuese).
Así, apelando al siempre solitario y sobrecargado pulmón, comenzamos por asumir que no había nada, que estábamos en el vacío, que esa sensación de desesperanza que al tiempo ya fue abrumadora (ahí, cuando más nos unió el espanto) podría, debía, engendrar algo nuevo…
Apelamos al maestro Jauretche para tratar de convencernos, insistimos en reavivar la fé, en el momento en que es más necesaria, cuando todo parece perdido, y dijimos, con Don Arturo:
"Antes del tornado se produce el vacío. Así pasa con las revoluciones; es en el momento de máximo descreimiento que se dan las condiciones para el nacimiento de una nueva fe. Así era en 1944, 45, 46. Así puede ser hoy"
Y decidimos no esperar sentados, nos propusimos intentar hacer lo que pudiéramos desde la carencia de alternativas consistentes de construcción; tal vez pensar, quizás simplemente no dejar pasar la oportunidad de decir que, a pesar de todo, aún teníamos un futuro, aún había mucho en que creer, y mucho que aprender de las amargas experiencias de los últimos treinta años.
Así, transitamos esos largos meses de caída libre, el interregno azaroso y claroscuro de Duhalde (a quien por poca simpatía que le pudiéramos tener, hay que reconocerle una prudencia y una capacidad que probaron ser fundamentales, y que de mantenerse, le ameritarán un lugar en la historia bastante más grato que el de su histórico oponente).
Y entonces, contra todo lo predecible, aún siendo más que optimistas (basta recordar la escabrosa posibilidad de “Lole Presidente”, para no hablar de más soluciones mediterráneas) apareció el fenómeno K, y de la sorpresa inicial, y el escepticismo inevitable (somos argentinos después de todo), el interés comenzó lentamente a crecer.
Hoy, a la luz de lo sucedido en el último año, creemos legítimo considerar que en el aún vaporoso proyecto político que se aglutina en derredor de Kirchner, puede haber un lugar “en serio” para pensar, aún más, para articular, tal vez para comenzar a construir un proyecto de país viable. No es más que eso todavía... ni menos. En todo caso, es una esperanza con alguna conexión con la realidad (se aclara, para no confundirla con recientes "manotones de ahogado" publicitados como “esperanzas”).
Por ahora parece más que suficiente para un cambio de “Mensaje de Bienvenida”.
El anterior lo mantenemos a mano, por las dudas, en “Los Comienzos”. Siempre es bueno recordar de dónde venimos (quizás ayude a recordar hacia adónde se va, o pretendía ir). Y como esto es, al fin, un mero prólogo ( y carecemos -lamentablemente- de talento Macedoniano), dejaremos asentado al efecto que no seguiremos buscando esperanzas en hechos futuros y lejanos, que tomamos ésta, incipiente, temblorosa, incierta, incompleta, y la enarbolamos, le exigimos, le demandamos, la puteamos si es necesario, pero de este lado de la calle, como compañeros.
Así sea.
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